Dir. Kil-soo Chang
Corea del Sur 2003
Nan-na vive con su abuela en un pequeño pueblo de pescadores, llevando una vida normal, hasta que un día se despierta acompañado por una pequeña niña que resulta ser su hermana y de la cual deberá hacerse cargo mientras su abuela trabaja. Dicha responsabilidad, adoptada de mala gana, vicia la relación entre los hermanos, que quitando momentos de paz, va de mal en peor con cada golpe que reciben del mundo.
* Lacrimógeno drama coreano que por factura técnica, personajes, temática, y tono general, recuerda más al cine social chino, que al coreano. Con las primeras imágenes uno cree habérselas con una de esas crudas estampas rurales que tanto ha visto en el cine chino, hasta que se da cuenta de que los personajes hablan coreano. Y es que uno está acostumbrado a otro tipo de cine coreano: colorista, vivaz, de impoluta imagen, de abigarrada mezcla de géneros (siempre dando cabida a un poco de humor), donde mayormente se resalta que, aunque siga habiendo problemas y situaciones tristes que paliar, Corea hace tiempo que entro en el primer mundo por todo lo alto: con sus luces de neón, sus centros comerciales, sus jóvenes sin inhibiciones, sus independientes mujeres... En “The Crescent Moon” nos situamos, salvo alguna escapada al “pijoterío” de Seul, en el mundo aún en desarrollo que late entre las clases más medias y desfavorecidas de ese país. Casi todo drama coreano que he visto, o con un claro dominio del drama, por duro que fuese, por desamparado o desgraciado que fuesen sus protagonistas, siempre da cabida al humor, o siempre resulta conmovedoramente tierno a ratos. Esta cinta no es así, sino que es cruda en toda su dimensión, y triste todo lo que puede ser, recordando más o menos a la japonesa “Nadie Sabe”; pero más desconsolada aún, y adrede: ya sabemos lo que les gusta las lágrimas a los coreanos. Es una película social que grita cuanto debe avanzar ese país para poder sentirse orgulloso de progreso o modernidad alguna; teniendo que despojarse de la herencia dictatorial que aun arrastran algunos estamentos, y de la mentalidad afín que todavía anquilosa su sociedad. No se centra, como pueda ser el caso del cine social occidental, en mostrar la desdicha de pobrecitos confinados en contextos concretos: barrios marginales, orfanatos, cárceles, familia desestructuradas… no, la enfermedad que retrata “The Crescent Moon” infecta a toda una sociedad.
En un plano subjetivo, personal, de conexión con los personajes, es el de la niñita jorobada el que me ha atrapado más, no ya por lo desdichada que pueda ser, sino por la forma de afrontar su desdicha, con una entereza impropia de un niño, pero que no resulta extravagante ni inverosímil. Ella da todo el amor que es capaz de dar, recibiendo mayormente malos tratos, insultos, desprecio… y siendo consciente de todo, se mantiene firme en sus sentimientos, y fiel a su corazón, cuyas inclinaciones tienen más peso que la realidad que la rodea. En este sentido es una figura casi heroica, épica, de una cualidad que parecería sobrehumana (obviemos el final del film) si no fuera por la naturalidad con que se la pinta (magnífica interpretación de la pequeña, por cierto). La figura del hermano es más “terrenal”: el típico niño que por circunstancias familiares se le echan encima un montón de responsabilidades a cuyo cargo debieran estar adultos (como si los adultos no fuesen sino niños con experiencia), y que no sabe como manejarlas, causando problemas y haciendo daño unas veces a propósito, otra sin intención, con esporádicos arranques de compromiso, y otros, la mayoría, de tiranía y egoísmo. Es la caótica y quebrantada relación entre los hermanos lo que más fuerza destila en “The Crescent Moon”, siendo la principal razón por la que la recomiendo, aparte de la asombrosa figura de la pequeña, y de la referida ruptura con los cánones del cine coreano actual.
